-Playas de arena blanca, naturaleza virgen, perfume de naranjos en flor. Todavía veo los últimos rayos de sol reflejándose en el río, mientras una bandada de palomas sobrevuela en círculos la vieja estación fluvial-. Las palabras de mi amiga Pata me daban vueltas en la cabeza. -A sólo 320 km. de Buenos Aires, ¿lo podés creer?
A Colón se llega por la ruta 14, 100 km. después de Gualeguaychú. Son 4 horas de ómnibus.
-Andá a visitarlo a Charlie, un inglés divertidísimo que tiene una empresa de turismo aventura. Está frente a la plaza San Martín, en una esquina, fijate donde señala la estatua.Y me contó de los safaris náuticos en las islas, de la promesa de hacer un asado en los bancos de arena una noche de luna llena, de acampar para observar de madrugada los pájaros y animales que bajan al río. Y fue así como - e-mail mediante- una de las últimas tardes de invierno, dejamos Buenos Aires rumbo a Colón. Esa noche dormiríamos allí, y a la mañana nos pasaría a buscar Charlie Adamson.
Una mañana radiante. El vehículo de Ita I Corá es un jeepon como los que usaban en la segunda guerra mundial, acondicionado para pasajeros. Mientras recorremos sus calles, Chalie nos cuenta los orígenes de esta lindísima ciudad que comenzó siendo una colonia suizo-francesa en 1857, y cuyo puerto data de 1863. La urbanización conserva sus viejas casas con patios y olor a jazmines, anchas calles empedradas a la sombra de lapachos en flor y jacarandaes, tranquilas plazas arboladas llenas de azaleas, y la costanera sobre el río Uruguay, protagonista absoluto en la vida de los colonenses. Durante la mañana recorremos viejas canteras y lavaderos de piedra, conocemos a Selva Gayol que nos muestra su reservorio de piedras semi-preciosas, donde se revelan los increíbles secretos de "las piedras comunes de acá", y nos apasionamos con una "cacería de piedras". Con los bolsillos cargados de tesoros, nos dejamos llevar por nuestro anfitrión que promete sorprendernos y terminamos comiendo como los dioses en La Fonda, frente a la vieja estación fluvial. Ahí conocemos a Tincho, un arquitecto-cocinero que cambió el stress de Buenos Aires por una maravillosa casa antigua frente al río.
A la tarde nos encontramos en el puerto con Pablo Latzina, el otro socio de Ita I Corá, para dirigirnos a la isla San Francisco y los bancos de las Ánimas. Dejamos atrás Colón con el viento en la cara y el reflejo del sol en el agua. El perfume de los naranjos en la costa uruguaya impregna el aire. Pocos minutos después desembarcamos en una playa blanca. Mientras recorremos un sendero rodeado de lianas y selva virgen (selva en galería), Pablo nos explica que, como la isla se inunda completamente con las crecidas, no es posible ningún tipo de explotación comercial, y esa es la razón de que permanezca intacta, inmune a la acción del hombre. Sabemos que muchos animales se esconden temerosos a nuestro paso, vemos sus huellas en la tierra húmeda, y podemos observar muchos tipos de pájaros, garzas, Martín pescador, entre otros. Seguimos río arriba hasta el banco de las Ánimas donde caminamos descalzos en la arena aún tibia. Volvemos cuando el sol ya está bajando, fascinados por la belleza del paisaje. La próxima vez podemos acampar en alguna isla, me encantaría despertarme en un lugar así, con los sonidos de la selva y el río brillando al sol.
En Colón se van prendiendo las luces de las calles y caminamos hasta Casamate hostel. Nos quedamos hasta tarde charlando con Maro Brykman - otro más que se hartó de la ciudad y se vino a vivir a este paraíso. Hernán se entusiasma con el relato de las excursiones de pesca y el tamaño de los dorados y ya están organizando una salida. Maro nos comenta de un refugio de Vida Silvestre "La Aurora del Palmar", a 45 km. de ahí, muy cerca del Parque Nacional El Palmar, donde se pueden hacer cabalgatas, paseos en canoas, safaris en vehículos 4x4 y trekking.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano, no nos alcanza el tiempo para todo lo que hay para hacer. A las 9:30 ya estamos en las termas. El aire está fresco pero el sol empieza a calentar. Sumergidos en una de las piletas de agua caliente vemos el río que empieza a animarse con algunas embarcaciones. A las 13:15 queremos estar en la terminal para tomarnos un micro a La Aurora. Allá, en un entorno privilegiado, con 200 ha. de palmeras, plantaciones de cítricos y una reserva de selva en galería que rodea el arroyo El Palmar, nos esperan María Eugenia y Ariel quienes, junto a su familia, hacen de este lugar una de las mejores opciones para los amantes de la naturaleza. Y va a haber tiempo de salir a navegar en canoa y reirnos de nuestra torpeza con otros visitantes igualmente inexpertos, y hasta de ver el mejor atardecer con palmeras mientras cabalgamos entre naranjales.
Y como la vida de un viajero nómada es así de sacrificada - cuanto más conocés, más te vas dando cuenta de todo lo que te queda por conocer- lo más probable es pronto volvamos a Colón para seguir descubriendo sus secretos.
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