
En agosto disponíamos de cinco días para tomarnos unas cortas vacaciones. Junto a dos amigos, estudiamos sitios donde salir a navegar con nuestras canoas inflables. El río Uruguay, los Esteros del Iberá y la Patagonia habían sido en distintas oportunidades escenario de nuestras excursiones. Esta vez la idea era la de siempre, navegar durante el día tomando fotos, parando para comer en lugares inevitables por su belleza, observar la fauna del lugar, los árboles y el cielo que se esconde en la ciudad. En fin, relajarnos al ritmo de un bote que se desliza río abajo.
Nos decidimos por Misiones. Las razones que determinaron nuestra elección fueron múltiples, por ejemplo visitar la tierra de los jesuitas, pasearnos por las plantaciones de té, tabaco o yerba, revivir las páginas de los cuentos de Horacio Quiroga, disfrutando de una provincia que atrae por el grito sordo de las cataratas del Iguazú pero que esconde rincones serranos muy pintorescos. Las casas de madera con galerías, los ríos que van serpenteando y la gente que habla un portuñol marca registrada, hacen de Misiones un lugar acogedor. Pero fue la selva la que, sin que lo dijéramos, inclinaba la balanza a su favor. Sí, la selva con todo el peso que en nuestra imaginación aventurera significaba, los riesgos, el aislamiento, el misterio.
No nos demoramos y en dos semanas hicimos todos los preparativos para el viaje. Salimos un viernes de Buenos Aires, Jose, Nacho y yo con dos botes inflables, mapas de la zona que se extiende de Colonia Paraíso, kilómetros al sur de San Pedro, hasta la desembocadura del río Pepirí, 5 km. al sur de los saltos del Moconá. Los mapas del Instituto Geográfico Militar, un GPS y una brújula tenían que ser suficientes para ubicarnos. Preparamos algo de comida como empanadas y tartas para comer los primeros días, y también cargamos con verdura, carne, frutas secas y condimentos varios, todo esto más una cocina de alcohol (* Trangia).
Todo listo. Salimos en micro de Retiro y 16 horas mas tarde llegábamos a San Vicente. Allí, luego de hacer compras y algunas averiguaciones, tomamos un servicio de ómnibus local e hicimos, en una mañana soleada, los 60 kilómetros que separan San Vicente de Colonia Paraíso. Visitamos algunas de las casas de la colonia buscando información, quizás sólo como un pretexto para disfrutar de la hospitalidad de la gente, que respondía todas nuestras preguntas mientras nos invitaban charutos (tabaco que se fuma en la hoja de chala de maíz). Finalmente dimos con Giovanni, un lugareño de pocas palabras que se ofreció para llevarnos hasta el arroyo Fortaleza, afluente del río Pepirí Miní.
A San Vicente habíamos llegado a las nueve de la mañana, al mediodía inflábamos los botes mientras cientos de mariposas multicolores revoloteaban a nuestro alrededor. Embarcamos todo el equipo y, después de refrescarnos en un pequeño salto que formaba un pozón, dejamos la costa, mientras Giovanni nos despedía deseándonos suerte y aclarándonos con tono bromista que él era la última persona que veríamos por varios días. Con sonrisas nerviosas le festejamos la ocurrencia.
La reserva de biosfera Yabotí, que se extiende entre la ruta provincial 14, el río Uruguay y el río Pepirí Guazú, limite natural con el Brasil, es una área protegida donde se permite la explotación controlada de los recursos madereros que dan trabajo a gran cantidad de habitantes del lugar. La zona es muy rica en diferentes especies de árboles y arbustos. Gran cantidad de pájaros busca refugio en el monte casi virgen.
Muy entusiasmados, empezamos a bajar por el arroyo Fortaleza hasta que, escasos metros, nos dimos cuenta de que el nivel del agua no era suficiente. Tuvimos que bajarnos de los botes y arrastrarlos donde tocaban las rocas, para volver a embarcar y remar unos metros más, y así durante todo el trayecto. Unas botas de goma que compramos para un viaje anterior, sirvieron para no lastimar nuestros pies en el lecho rocoso. Los botes cargados y el suelo irregular aumentaban el desgaste físico, pero el mayor inconveniente era el tiempo que nos estábamos demorando en cada una de estas maniobras, lo que daba por el piso con el cálculo de que esa misma tarde nos encontraríamos con el río Pepirí Miní. Acampamos junto a un Tacuaral a orillas del río. Armamos las carpas sobre un colchón de hojas muertas y, después de unos fideos con salsa al verdeo y una botella de vino, nos acostamos fatigados, con los reflejos de la luna colándose entre las tacuaras y el río musicalizando la noche.
Habíamos acordado la noche anterior levantarnos al alba para aprovechar el día y así ganar tiempo. La mañana nos hipnotizó. La selva despertando es un espectáculo íntimo, puro. Millones de seres responden a los primeros rayos de sol, y la niebla suspendida entre el ramaje o sobre la superficie del agua da el tono de misterio y magia. Zarpamos y durante toda la mañana tuvimos que repetir la fatigosa tarea del día anterior. Nos maravillábamos donde el río chocaba contra murallones donde crecen arbustos y por los que se desliza la humedad de la selva. Al mediodía los gritos de Jose, que iba 100 mts. delante nuestro en el bote chico, indicaron que, medio día mas tarde de lo previsto, desembocábamos en el Pepirí. Estábamos cansados y este río más caudaloso nos permitió navegar sin necesidad de descender continuamente, disfrutando del paisaje y los rápidos que, aunque pequeños, ponían una nota de emoción a la travesía.
La actividad de la selva por la tarde es fervorosa, decenas de sonidos irreconocibles dan nota de un movimiento incesante y vital. Los Martín Pescador sobre las ramas más cercanas al agua sin perder de vista los movimientos de los peces, las mariposas posándose en nuestros brazos o dentro de los botes, la charla relajada entre amigos y el espectáculo cautivante de las raíces de grandes árboles que en la costa forman marañas de pesadilla, hacían del viaje una aventura excitante. Con la tarde cayendo, encontramos un lugar para acampar, el lecho de un arroyo de lluvia seco. No era el mejor sitio en caso de un chaparan repentino, pero fue el único lugar en que la selva se retiró para dejarnos pasar la noche, la vegetación tupida no nos hubiera permitido penetrar siquiera unos pasos, salvo a golpes de machete. Horas más tarde, un guiso con todo tipo de verduras acompañado con vino Borgoña, creó la atmósfera cálida que se da junto al fuego, tan esperada después de una fatigosa jornada. Las múltiples estrellas filtrándose entre las copas de los árboles más altos nos dieron las buenas noches luego de un día largo lleno de imágenes únicas.
Amanecía y ya desarmábamos el campamento, el cielo estaba cubierto sin amenaza de lluvia. La mañana otra vez nos encantaba con los olores de la selva tropical, fresca por el rocío caído durante la noche. Tras un sustancioso desayuno con café y tostadas emprendimos la jornada. Navegar era un ejercicio ameno, con rápidos entretenidos y sin mayores dificultades y el río deslizándose hacia el Uruguay. Cada tanto soplaba el viento, y a las ráfagas de aire fresco se sucedían brisas cálidas que sofocaban. Daba la sensación de que ese aire ahogado y bochornoso era removido de algún lugar oscuro de la selva en el cual había estado estático por años.
En un recodo del río, Nacho que iba solo en el bote, nos señaló en la orilla izquierda un Tapir que por segundos nos observó para luego escabullirse rápidamente.
El cielo se cubría más, entonces, en una parada para almorzar, discutimos cuál sería la opción a seguir. Las provisiones y los días que quedaban eran pocos, por lo que nos dimos cuenta de que nuestro objetivo final de llegar al río Uruguay se hacía imposible. Observando detenidamente el mapa descubrimos una picada, un sendero que salía a la derecha, río abajo. Esta picada conectaba el río con la ruta provincial 21, camino de tierra roja que termina en los Saltos del Moconá.
A buen ritmo continuamos remando y, unos kilómetros río arriba, un águila de gran tamaño se posó en la rama de un Quebracho Blanco. El tamaño de sus garras y cuerpo nos impresionó. Su cabeza giro repetidas veces de un lado a otro. Para poder tomarle fotos dispusimos los botes alineados, remando contra la corriente, tratando de no hacer movimientos bruscos para no ahuyentarlo. Desde abajo su postura se veía imponente y orgullosa. Dejamos de resistir a la corriente y con unas paladas nos alejamos del lugar.
Llegando al Garilbaldi y después de estar dos días remando por el Pepirí, nos sentíamos confiados y seguros. Los rápidos se habían presentado sin mayores inconvenientes, por lo que nos habíamos relajado un tanto en el embalaje del equipaje. Si bien la carga estaba guardada en sacos impermeables, estos no estaban sujetos de manera alguna. Después de una curva, un rápido se
acercaba río abajo. Un árbol caído y el encajonamiento de las aguas hacían más crispado el oleaje y la fuerza de la corriente era mas fuerte; nos dimos cuenta tarde. La sorpresa nos encontró desprevenidos y luego de una maniobra fallida caímos al agua. A tiempo nos aferramos a unas raíces que salían de la costa mientras nuestro equipaje flotaba con la corriente. Afortunadamente Jose, que se nos había adelantado 50 mts., recibía los bultos y los cargaba en su embarcación. El saldo del accidente fue que perdimos algunas prendas y comestibles. La cocina a alcohol, luego de una angustiosa búsqueda, la encontramos en una
zona poco profunda.
Algunas horas más tarde llegamos a lo que quedaba de un puente, en la costa derecha nacía la picada que estábamos buscando. Era un antiguo camino utilizado por los leñadores, en diez años la selva había avanzado considerablemente. Estábamos en el final de nuestra aventura acuática y, después de una comida ligera y de reacomodar los bultos en las mochilas para la marcha, emprendimos la inesperada caminata con casi 30 kilos cada uno sobre las espaldas. Según el mapa, el camino serpenteaba cuesta arriba y el primer tramo se presentaba como el más dificultoso. Así fue, y extrayendo las pocas fuerzas que nos quedaban, a un ritmo cansino fuimos al encuentro de la ruta 21, donde tendríamos que conseguir algún vehículo que nos acercara hasta la Colonia Paraíso. Al limite de nuestras fuerzas los pies se enredaban con mil plantas que invadían la antigua huella de tractor. Sin casi hablar caminábamos en silencio dosificando el aire, las gotas de sudor se deslizaban hasta nuestros ojos y las manos ocupadas en sujetar esto o aquello no podían hacer mucho.
Cada 20 minutos parábamos buscando la recuperación que sabíamos no iba a llegar, mirándonos con gesto de sorpresa ante la inesperada resolución de la travesía. Supimos en ese momento que el giro de los acontecimientos transformaba la inocente aventura en un gran esfuerzo por llegar sin mayores perjuicios al camino. Sin decir nada nos dimos cuenta de que algunos peligros se mostraban ciertos. Temimos encontrarnos en un camino equivocado y se tornó preocupante la escasez de agua que por exceso de peso habíamos descartado en el primer tramo del camino. Atardeciendo decidimos acampar en un claro en la selva, donde después de una charla entrecortada y sin siquiera prender un fuego, comimos una magra cena y nos acostamos rendidos a descansar. A media noche las pezuñas de un animal nos despertó, gritamos y espantados escuchamos los pasos del bicho perdiéndose en el monte.
Cuando nos levantamos la tormenta era inminente; emprendimos la marcha con una suave llovizna. La temperatura había descendido y esto favorecía nuestro esfuerzo. El camino empezaba a descender, según el mapa estábamos en la mitad. Nuestras fuerzas se agotaban y temores de todo tipo nos asaltaban. Nacho caminaba al frente cuando, en una curva del camino, lo vimos detenerse impávido. Con una seña silenciosa nos indicaba un yaguareté grande que se interponía en nuestro camino 20 metros más adelante. El imponente animal nos observó durante medio minuto interminable y, repentinamente, con un rápido y ágil movimiento se perdió en el monte. Casi sin hablar reanudamos la marcha. Notamos enseguida que las huellas de yaguaretés se reproducían yendo y viniendo en el suelo polvoriento. Un escalofrío recorrió nuestras espaldas.
Una hora mas tarde, con pocas esperanzas respecto al camino, llegábamos a la ruta. Estallamos en gritos y abrazos, soltamos las mochilas de nuestras espaldas sin siquiera preocuparnos porque alguna cosa se pudiera romper y, aliviados de dos días de incertidumbre y fatigas, nos tiramos a descansar.
La suerte fue echada y a Jose le tocó ir en busca de un móvil que nos transportara a la colonia. Empezaba a llover y con Nacho improvisamos un campamento al costado del camino. Repasamos las imágenes y anécdotas acumuladas durante los cuatro días más intensos en lo que iba del año. Reíamos relajados, cuando el ruido de un motor nos avisó que Jose había encontrado ayuda. En un tractor, sin acoplado y ubicados como pudimos, hicimos los 40 km. hasta la ruta 14, mientras el ensordecedor trabajo del motor tapaba el murmullo neblinoso de la selva. Fue un viaje agotador y maravilloso. Entrando a Colonia Paraíso el cielo descargó un aguacero fortísimo, con ráfagas de viento que hacían remolinar las gotas en el aire. La tormenta eléctrica no se hizo esperar y un espectáculo imponente con rayos y centellas sirvió de corolario para un fin de viaje a lo grande.
Llegamos en micro a San Vicente donde, después de una ducha en un hotel de viajantes, cenamos rodeados por otros comensales que, enterados de nuestra aventura, preguntaban interesados por los detalles de la travesía. Nosotros respondíamos con agrado frente a la mirada incrédula de los oyentes que intentaban adivinarnos osados, temerarios o serios aventureros.
Esteban Bigliardi
Contenidos gentileza de Revista Nómada