
Hay infinidad de modos de viajar. Yo decidí hacer un viaje de mochila, a través de la selva misionera, con mis hijos: Azul de ocho años y Tadeo de seis años.
“La vida es juego”, había leído en una oportunidad, y esta frase cobró un sentido único a medida que andábamos los caminos con los niños.
Lo primero que hicimos fue llegar a la “Gruta India”, a pocos kilómetros del pueblo de Garuhape.
Las grutas indias se limitan a ser una pequeña cueva, perdida en medio de la selva, con una cascada de hilos plateados, y una laguna de ensueño. El día ayudaba a contemplar los mil verdes que encierra la selva profunda, y los niños correteaban con sus percepciones. En el único camping del lugar conocimos a Lucho y a Nati, una pareja de jóvenes gastronómicos del Gran Buenos Aires. Ellos nos contaron de una leyenda que dice que por debajo de la cascada existen cuevas internas, que utilizaban los indígenas para guardar sus tesoros. Al contar esto, Tadeo y sus inquietos seis años, me pusieron en el compromiso de saltar inmediatamente al agua, a ver si encontrábamos algo. El agua, transparente, purifica. Mientras tanto Azul prefiere correr con las mariposas amarillas, que son muchas. Este lugar aparece poco en los mapas de rutas, pero realmente vale la pena experimentarlo.
Al día siguiente después de un desayuno a base de chipás calentitos y lechita templada, nos disponemos a hacer dedo. Misiones es una buena provincia para el auto-stop, una camioneta nos ofrece su interior. No era mucho viaje hasta San Ignacio Mini, la puerta de entrada a la mítica ruta de las ruinas jesuíticas. En esta región, entre los años 1609 y 1768 se vivió un periodo fuerte de nuestra historia. Miles de aborígenes, casi treinta pueblos diferentes, fueron reclutados en el nombre de “otro” dios, para ser evangelizados. Se les enseño de agricultura y ganadería, de construcciones arqueológicas muy avanzadas para la época. Ganaron muchas cosas, pero perdieron más. El guía entusiasmado nos va contando la historia del lugar. Mis hijos no parecen estar muy interesados, prefieren saltar y trepar los pequeños árboles, y escuchar lo que las piedras dicen. Me uno a ellos. Faltaba poco para el atardecer y decidimos salir del recinto. La feria de artesanías, que esta al costado, también estaba con ganas de atardecer y dejar sus comercios para el próximo día.
Solo cuatro kilómetros y ya estábamos en el camping, sobre el río Paraná. Justo a tiempo para ver el sol desangrándose y transformándose en liquido…“y esto sí que es vida”, nuevamente la frase de Azul que nos acompañó todo el viaje. Y era cierto, siempre se pronunciaba en un momento especial, cuando la conexión entre nosotros y el entorno era única.
Las tres noches que nos compartimos en este lugar, fueron dedicadas a la lectura de “Cuentos de la selva” de Horacio Quiroga. Nuestros sueños nocturnos eran intensos. La imaginación, el poder. Y los sonidos exteriores hacen el resto. Al cuarto día levantamos campamento, y fuimos a escasos metros de allí, a ver donde vivía éste escritor. Su casa-museo no es gran cosa, pero igual estuvo bien para que los niños entiendan que es posible cualquier clase de realidad y hogar, solo es cuestión de elegir cómo y dónde uno quiere vivir.
“Hoy es el mejor día”, gritaban al unísono los niños. Era el día de las cataratas. Las ansias por llegar nos hicieron estar sólo cinco minutos haciendo dedo. El primer bus y ya estábamos arriba. Nos pasaron como un suspiro las 3 horas de viaje, a través de la carretera de tierra colorada. Ya estábamos en el lugar más hermoso del planeta.
Ubicadas en el extremo norte de Misiones, en el Parque Nacional Iguazú, las cataratas del Iguazú son uno de los últimos bastiones de la selva paranaense, refugio del yaguareté, del tucán, del tapir, del vencejo, de más de 200 especies de árboles, 475 de aves, 100 de mamíferos y más de 2.000 tipos de plantas. Llena de cascadas, formada por 275 saltos que son recorridos a través de varios accesos, pasarelas y botes que aproximan al viajero hasta las cascadas, tan furiosas, magnéticas e interminables.
El Parque Nacional Iguazú contiene masas boscosas de hasta 30 metros de altura; es el ambiente de mayor diversidad biológica de Argentina y en 1984 el parque fue declarado por la UNESCO como "Patrimonio Natural de la Humanidad".
Al ver el agua nuestras sonrisas parecían tres enormes medialunas. ¡Que cantidad de agua hay, y en movimiento! Como revitaliza mi espíritu sentir el tremendo sonido de los saltos. Los hijos quieren caminar entre el agua, y no me atrevo a decirles que no se puede, prefiero distraerlos con charlas de pájaros y cuentos. Yo también preferiría soñar con eso, pero ya soy adulto.
Caminamos todo y más. Cada perspectiva era mejor que la anterior. Estábamos imantados por semejante belleza, y en todo este día, no vi pestañear a ninguno de los dos. Supongo que no querían perder tiempo cerrando los ojos.
Al día siguiente el asombro seguía fiel, y la sorpresa fue más grande aun cuando nos confirmaron del tour por la selva en cuatro por cuatro. Y como postre una lancha por debajo de las cataratas. Azul insistía con su miedo a navegar y Tadeo, bien canchero, se jactaba de poderlo todo. Pero fue en la travesía donde los papeles se invirtieron. Al primer desliz de la lancha nos llegó una bocanada de agua, empapándonos hasta la medula. Azul reía como una hermosa doncella, y Tadeo quería bajarse a toda costa. Pero lo cierto es que el barco siguió y la visual fue el espectáculo más inolvidable de todo este viaje. Sentir la fuerza del agua sobre nuestras cabezas nos llenaba de emoción, adrenalina y paz. Los tres miramos bien adentro nuestro y confirmamos lo bueno que es estar donde queremos, en el momento exacto de nuestras vidas.
Texto y fotografía: Esteban Widnicky | LatinBackpackers 2005