
Ida y vuelta a las nubes.
Nunca puedo parar de pensar, y menos aún cuando estoy de viaje, supongo que es un síndrome habitual del viajero. Los paisajes nuevos predisponen al pensamiento a seguir por otros rumbos. Así que cuando Daniel, el guía, menciona Campo Quijano, a la salida de Salta, ya estoy escuchando aquellos viejos discos de folklore en el Wincofon de mi casa, confirmando la idea de que los primeros viajes se hacen ahí, en los libros y los discos de la niñez y la adolescencia.
Las plantaciones de tabaco (Burley, Virginia y Criollo) se suceden prolijas a los costados de la ruta, mientras Daniel comienza a informarnos sobre la historia del Tren a las Nubes, cuyas vías corren paralelas a nuestro recorrido. Estamos transitando la Quebrada del Toro, un paisaje bellísimo hecho de contrastes, enormes piedras cortadas a pique con el río debajo, que termina en Santa Rosa de Tastil. Nos comenta que la obra comenzó con el objetivo de unir comercialmente a Argentina y Chile por el paso de Sico. Su construcción llevó 24 años, entre 1921 y 1945. Se inició con capitales franceses que abandonaron el proyecto ante las dificultades y el Estado Nacional se hizo cargo de su terminación contratando al ingeniero norteamericano Maury, uno de esos locos personajes que, como dicen los libros, "forjan la historia".
El paisaje comienza a poblarse de cardones (cactus grandes). Miles de tipos verdes con los brazos abiertos que estáticos cuidan su lugar. Los lugareños los siguen usando como madera en la construcción de sus viviendas y para hacer artesanías. El crecimiento del cardón es demasiado lento, y es una lástima ver cómo se utiliza en la realización de objetos para los que se podría utilizar otra madera.
Camino a Santa Rosa de Tastil ya estamos un poco más relajados con nuestros compañeros de viaje. A nuestro lado, un noruego, Harold -que a mí no hace más que recordarme a Neil Jenkings, el medio apertura de Gales- está todo el tiempo sacando fotos con su cámara digital. Es ingeniero y ama Brasil, adonde ya fue tres veces. Su castellano es limitado pero se entiende. Adelante, una mejicana muy joven habla y habla con el guía, al que decididamente compadezco. Atrás, chicas y chicos -ingleses, belgas, norteamericanos e israelitas- van del silencio al sueño con suma facilidad, producto de su idiosincrasia y de las largas noches de joda en Salta. El paisaje predispone al silencio.
En Santa Rosa de Tastil ("piedra que suena" en quechua) visitamos sus ruinas indígenas, abandonadas aproximadamente en el 900 DC. Este yacimiento es muy grande, similar por su tamaño al Pucará de Tilcara, y al estar a una altura considerable permite una vista impresionante.
San Antonio de los Cobres es el próximo punto. A esta altura, la vegetación es casi inexistente y todo es piedra y polvo. La típica frase "un pueblo en medio de la nada" le cabe perfectamente. Un cartel de Coca Cola, con un dibujo de mujer de rasgos andinos y trenzas largas, nos dio la bienvenida y, al bajar, descubrimos esos rostros curtidos por el viento y el sol, que parecen pertenecer a otro tiempo y a otro país.
Luego de almorzar, camino a las Salinas Grandes, Daniel nos inicia en el ritual del "acuyico" de coca. Las caras de algunos de nosotros al introducirnos en la boca las hojas, son muy cómicas. A nuestra izquierda aparecen los 400 kmª de superficie blanca. Todos estamos ansiosos por bajarnos a caminar por la sal. Las salinas son uno de esos paisajes que no impresionan tanto por su belleza sino por su rareza. Un pequeño desperfecto técnico nos demora un poco, así que hay tiempo de fotos con poses extrañas, corridas y chistes. A esta altura ya hemos hecho buenas migas con María, una profesora de historia de Zaragoza, que mantiene un espíritu joven y aventurero.
Por la Cuesta del Lipán, que tiene un punto máximo de 4170 m. de altura, descendemos hacia Purmamarca. Bajamos 2000 mts. en 35 km. a través de un paisaje maravilloso, por curvas y contracurvas bastante cerradas, pero que vale la pena recorrer. Llegamos a Purmamarca al atardecer y recorremos la belleza de ese pequeño pueblo con su increíble cerro de los siete colores.
Al regresar, después de 15 horas de viaje, nos espera el clásico asado de los miércoles del Backpackers, donde todos reponemos fuerzas con una carne exquisita y un vino tinto salteño de esos que enseguida te hacen brotar el optimismo. El cierre del día está a cargo de tres excelentes músicos que a fuerza de sambas y chacareras nos hacen cantar a todos.
Hernán Quiñones
Contenidos gentileza de Revista Nómada