
Todos los azules
El calafate es el fruto de una planta achaparrada con grandes espinas. Es pequeña como una uva chinche y sabrosa como una ciruela, te tiñe la boca y las manos como una mora y está llena de semillas negras.
En el esplendor de la cría de ovejas, la lana, “el oro blanco”, era llevado al viejo continente en barcos de madera cuyos cascos “se impermeabilizaban” con las raíces de esta planta, “se calafateaban”. Por lo tanto este verbo le dio el nombre a la planta y ella a esta inolvidable ciudad.
Calafate se extiende sobre las márgenes del gran Lago Argentino y sus aguas heladas color turquesa lechoso llegan hasta el pie de los glaciares y la cordillera.
Volé cuatro horas en avión desde Buenos Aires y no podía creer lo “globalizado” del lugar; me alojé en un hostel lleno de gente de todas partes del mundo, mayormente jóvenes. Hice amigas y amigos e intercambiamos información sobre estos pagos.
El primer día decidí orientarme en la ciudad y sus alrededores. Caminé hasta la laguna Nimes (a solo 10 cuadras del centro) donde se pueden observar veinte especies de aves y, hasta hace poco, se observaban casi ochenta. Averigüé que la planta potabilizadora de la ciudad no tiene la capacidad necesaria para tratar todos los residuos que se producen, ya que la población ha crecido mucho y están tirando “algunos” de ellos en la laguna, espero que las autoridades hagan algo al respecto…es una pena!!!!
Me emocioné mucho en ese lugar porque dos encantadoras señoras inglesas de setenta años, aproximadamente, fascinadas me decían que en Inglaterra el “bird watching” es un pasatiempo muy popular y que jamás habían visto, en su hábitat natural, tal variedad de aves con tanta tranquilidad.
Caminé hasta el “Centro de Interpretación Histórica”, que está a sólo dos cuadras de la laguna, y pasé una tarde de lluvia viendo dibujos, fotos, reproducciones y una línea histórica que me mostró lo que ha pasado en nuestra querida Patagonia con los glaciares y los hielos, la fauna, la flora, los animales y los seres humanos desde hace 14.000 años hasta hoy. Tuve el placer de ver cómo el deseo y la voluntad de dos o tres personas armaron en un emprendimiento privado este lindísimo lugar. El café es muy rico y la entrada muy accesible.
Mirando las fotos vi que a diez kilómetros por la orilla del lago encontraría unas pinturas rupestres adentro de una Estancia, así que, cuando dejó de llover, caminé hasta allá. El silencio era ensordecedor, el paisaje era realmente patagónico: viento, pastos ralos, el lago solitario y nadie a mí alrededor por kilómetros. Eso es algo que sorprende a los viajeros, me acuerdo de un alemán que, mirando hacia el horizonte, me preguntó, “¿Dónde está la gente?”Y otro día, caminando por un sendero en el medio de un bosquecito adorable, encuentro un arroyo y me pongo a tomar agua de él. Unos chicos jovenes, que estaban descansando, me preguntaron si no era peligroso beber así, les dije que el agua era potable y les pregunté de dónde eran. Me dijeron que eran vascos y uno de ellos, el más buen mozo, dijo “En mi pais hay paisajes tan lindos como estos, y casi más lindos, pero rodeados de fábricas, autos y casas, con lo cual todo está contaminado y no es lo mismo, uno aca se siente a salvo...”
Llegué a las pinturas, algunas originales y en mal estado porque los fuertes vientos que soplan desde el lago las han borrado bastante; reproducciones coloridas te dan una idea de lo que fueron originalmente y, al final del recorrido, podés tomarte algo calentito en un lugar muy acogedor. Yo hice “dedo” para volver, pero desde ahí podes pedir un taxi. Fue un paseo encantador para los que les gusta caminar, tardé una hora y media desde el museo.
Al día siguiente contraté un tour en barco para conocer los tres glaciares más espectaculares. Es un paseo de todo el día y lo compartí con mis amigas del hostel. Va a ser uno de mis recuerdos preferidos por el resto de mi vida. Abrigadas y con vianda salimos desde el puerto de Punta Bandera donde viven tres familias y la escuela tiene tres alumnos, Sarmiento estaría orgulloso…
Ingresamos en el Parque Nacional Los Glaciares y navegamos por esa increíble agua turquesa hacia la cordillera, metiéndonos por los brazos del Lago Argentino. Después de más de una hora, nos acercamos al primer glaciar, el Upsalla. Se nos impuso su potencia, absolutamente todos hicimos silencio; la fuerza de la naturaleza me emocionó y, tratando de esconderme, descubrí que no era la única que lloraba. No podía creer lo que veía, una autopista de hielo bajaba desde la cordillera y terminaba sobre el lago en una pared gigante de altura e interminable de largo, era increíble como la guía trataba de hacernos comprender su tamaño, decía “es como tres veces la Capital Federal, tiene 47 glaciares auxiliares (o sea que desembocan en él más arriba)”. Después, la fiesta del iceberg: azules y celestes a rayas, parecían esculturas. Me llené de energía. Como dice una amiga “lo real no tiene historia”. ¡¡¡Inolvidable!!!
Seguimos al Glaciar Spegazzini, no sé por qué hacía más frío , pero los icebergs de éste eran aún más espectaculares que los del anterior, parecían más coloridos y mucho más grandes. Pensé en el Titanic porque la guía dijo que lo que uno ve del iceberg sobre el agua es el 5% de su tamaño. Guau!!! Cuando pierden un pedazo cambia la línea de flotación, cambiando de posición, y, como el agua va horadando el hielo, aparecen rayas producidas por la erosión del oleaje que le dan un aspecto lindísimo. Jugábamos a ver formas y les sacábamos fotos a todos.
Después paramos para comer en el Glaciar Onelli que no desemboca directamente sobre el Lago Argentino sino en una laguna llena de pequeños iceberg que está a sus pies, la Onelli, así que tuvimos que caminar un rato en medio de un bosquecito muy lindo. A nuestro alrededor se hablaba italiano, inglés con distintas tonadas, español, etc. etc. pero todos compartíamos el mismo deslumbramiento.
Volvimos al hotel cansados pero fascinados con aquel espectáculo, me sentía energizada y decidimos ir a comer “cordero patagónico” a una lindísima parrilla a unas cuadras de nuestro hotel, qué delicia!!! Imperdible.
Al día siguiente me dispuse a conocer el famoso Glaciar Perito Moreno. Recorrimos un camino de ripio por una hora y pico y pudimos ver dos famosas estancias argentinas que rodean la ciudad, La Anita de 60.000 hectáreas y La Alice, que es enorme también. En estas estancias se crían vacas, ovejas, y recientemente, porque no producen colesterol, se intensificó la cría de guanacos y unos ñandúes petisos que se venden más caros que la carne vacuna en Europa. También se están dedicando al turismo más exclusivo.
Llegamos al Glaciar Perito Moreno. Es al único al que se puede llegar por tierra, por lo tanto se ven muchísimos turistas, pero hay espacio para todos. Se construyeron unas barandas frente a él para que uno pueda verlo desde distintas alturas, es divino!!! Hace ruidos, como explosiones y todo el tiempo se observan desprendimientos porque es el único glaciar que mantiene un equilibrio armónico entre lo que recibe de hielo o nieve y lo que pierde en los desprendimientos. Lo novedoso este año es que ha avanzado hasta unirse con la tierra y se ha formado un dique natural que ha partido al lago en dos y por lo tanto de un lado ha subido mucho el nivel del agua, casi ocho metros desde Septiembre. Esto no pasaba desde 1988, todo el mundo está muy pendiente…¿qué pasará?
Recorrí todas las barandas hasta que encontré un lugar desde donde veía “toda” la pared del Perito y esperé casi dos horas para poder ver un “gran” desprendimiento…jamás olvidaré ese momento, un segundo después el bloque cayó al agua y con efecto retardado se escuchó un gran estruendo…, esos son los momentos en que uno siente y piensa “¡Dios, gracias por esta vida, por esta oportunidad!”, y deseé que mis hijos estuvieran allí para poder disfrutar de aquel espectáculo.
Amigos no se lo pierdan, hay pocas cosas como Los Glaciares en el Mundo!!!
Febrero del 2004, Bs. As. Patricia Dolan.
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