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El Cerro Sagrado

El Cerro Sagrado
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Share on Facebook La estepa patagónica siempre me dio una sensación de paz prehistórica. Cielo tan azul como es posible y pastos que van de distintos verdes a chocantes amarillos. Estamos en La Leona, a mitad de camino entre El Calafate y El Chaltén. La ruta es de ripio y el colectivo en que viajamos, un auténtico modelo 1114, la sufre. A medida que avanzamos por el camino comienza a verse a lo lejos, cada vez más orgulloso, el cerro Chaltén (bautizado Fitz Roy por el perito Moreno). Cruzo una mirada con mi compañera de viaje y sigo mirando, a través de la ventanilla llena de polvo, ese cerro que es para los escaladores algo casi divino. Será, a lo largo del viaje, una figura esencial. Dejándose ver, escondiéndose entre las nubes, cambiando de espíritu y de color. Luego de cinco horas y sólo 220 Km. llegamos a El Chaltén, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, en la provincia de Santa Cruz. Es el pueblo más joven del país. Fue fundado en 1985 para reafirmar la soberanía argentina sobre la zona de Lago del Desierto. Caminamos por el pueblo, a orillas de los ríos De las Vueltas y Fitz Roy. En los últimos años El Chaltén ha crecido mucho, sigue siendo una pequeña aldea –tiene de ocho a diez cuadras de lado- pero las casas ya no están tan aisladas como en otros tiempos. Mientras recorríamos el lugar una nube tapó el sol, y para aclimatarnos un poco decidimos regalarnos un café con leche bien caliente. Entramos a La Senyera, un cálido refugio de madera. Compartimos la mesa con unos compañeros de viaje que conocimos en El Calafate y comenzamos a charlar sobre lo que haríamos en los siguientes días. Luego de definir el itinerario levantamos nuestras mochilas y emprendimos todos juntos y a pie el camino hacia Laguna Capri, nuestra base para los próximos días. El sendero nace cerca del pueblo. Lo tomamos con tranquilidad, nos detuvimos varias veces a sacar fotos, disfrutando del paisaje. Pasamos por bosques de lengas y ñires, también subimos pendientes en las que hubiera regalado mi mochila. En los claros, el cerro Chaltén y las agujas de piedra que lo escoltan nos hicieron detener a rendirles un silencioso homenaje. Luego de dos horas y media de caminata (“una horita y media, yendo tranquilo” según los locales) llegamos a Laguna Capri. En cuanto tiré mi mochila al piso el lugar se adueñó de mí. El camping está en medio del bosque, al borde de la laguna y al pie del cerro. No se cuánto tiempo pasé sentado junto al agua, pero al levantarme ya estaba oscureciendo por lo que tuve que apurarme para poder armar la carpa. La mañana nos sorprendió con algunas nubes. Desde la laguna no se veía el pico del Chaltén. Tomamos un chocolate caliente que podría sacarle el frío a cualquiera y partimos hacia el glaciar Piedras Blancas. La caminata hasta el glaciar es hermosa. El camino está bien señalizado con piedras pintadas o apiladas indicando la dirección a tomar. Llegamos a unas grandes rocas -esquivamos algunas, trepamos otras- desde donde podíamos ver la inmensidad del glaciar. Miles de años de hielo deslizándose inmóviles por la piedra, hacia el agua. Una roca plana fue el lugar perfecto para un almuerzo típico del mochilero: galletitas con paté.

Luego de las pruebas suficientes de que la galletita cae siempre del lado untado, muchas fotos, y un buen rato de charla y descanso al sol, tomamos el sendero de regreso. Mientras buscábamos la mejor forma de pasar una zona embarrada, seguimos por un camino que poco a poco fue desapareciendo. Cuando el sendero no era más que producto de nuestra imaginación, advertimos que el cerro, que nos servía de guía, ya no estaba a la vista. Un mapa de trekking que habíamos comprado en el pueblo fue la solución y nuestro mejor indicador de la ruta hacia la carpa. Apenas el sol pasa detrás de las montañas la temperatura baja abruptamente. Como en el campamento no se puede hacer fuego, nos abrigamos bien y mate en mano nos acercamos al grupo con el que habíamos compartido la llegada al campamento. Uno de los chicos cumplía años y fuimos invitados a compartir la cena con ellos. Al ritmo de “Love me do” (la única canción que sabía tocar el dueño de la armónica) se fue agrandando el grupo y comenzaron a aparecer bebidas nobles, transportadas con tanto esfuerzo como amor en mochilas que cuando salieron del pueblo solo cargaban lo indispensable. El cumpleaños terminó con un “trencito” junto al lago, iluminado en su trayecto nocturno por el flash de alguna cámara, y siguiendo al compás de los Beatles. Ya era tarde por lo que todo terminó con un aplauso general y todos a dormir. Lago de los Tres, en honor a los tres franceses que fueron los primeros en escalar el Fitz Roy, prometía nuevas sensaciones y un mayor acercamiento al cerro. Quienes hicieron la excursión esa mañana nos recomendaban llevar bolsas plásticas para practicar un famosísimo deporte invernal conocido como “culopatín”. Pasamos por Poincenot, otro campamento base, y atravesamos un tupido bosque de lengas. Una suave lluvia comenzó a caer al tiempo que el sendero se inclinaba y nos exigía mayores esfuerzos. La tierra pasó a ser barro en segundos y la subida se nos negaba haciéndonos patinar. Al llegar a la laguna, el cerro estaba cubierto de nubes. Chaltén, en voz tehuelche, significa la montaña que fuma. Finalmente y luego de una visita fugaz a la Laguna Sucia llegamos totalmente empapados al refugio. La mañana siguiente comenzó con buenos augurios. El primero: sol en un cielo totalmente despejado. El segundo: un héroe. El músico del escaso repertorio, decidió bajar al pueblo a comprar pan y recorrió las carpas levantando los pedidos. El desayuno con pan fresco nos dio valor. Decidimos que merecíamos una revancha y salimos nuevamente hacia Laguna de los Tres. La subida, igual de inclinada, no costó tanto y al llegar el cerro se nos presentó orgulloso. Una vista única, con la laguna al frente, glaciares en las laderas y en primer plano él, el Chaltén, con todo su poder. Caminamos un poco y desde un balcón natural pudimos ver la Laguna Sucia, de un hermoso color esmeralda con bloques de hielo flotando en su superficie, al fondo de un abismo de 200 metros, en el cráter de un volcán extinguido. La perseverancia, esta vez, fue premiada. Y así llegó otra noche más, desbordada de estrellas, al borde de la Laguna Capri sintiendo la presencia del cerro en la oscuridad. Por la mañana debíamos desarmar la carpa, juntar nuestras mochilas, las bolsas con residuos y encarar el camino de regreso al pueblo. Según la mitología de la región en la inmensa isla creada por Kooch (el sol), nació Elal, hijo de Noshtex y de Teo. Un cisne llevó a Elal cuando era muy pequeño hasta la cumbre del Cerro Chaltén. Durante tres días y tres noches observó desde el cerro la nueva tierra protegido por las aves. Allí creó a los Tehuelches, les reveló el secreto del fuego y el arte de la caza. Luego bajó del cerro, les prohibió a los hombres que le rindan homenaje y retorno a la isla primitiva, donde aguarda a quienes dejan este mundo. Entre caminatas y leyendas históricas me quedé fascinado con El Chaltén, la montaña que fuma, el cerro sagrado de los tehuelches. Se vestía de un naranja intenso, casi rojo. Y se alejaba lentamente entre el polvo del camino, mientras yo lo observaba del otro lado del vidrio. Texto: Martín Estol Fotografía: Esteban Widnicky


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